Prejuicio

Prejuicios

Desde mayo llevo quimioterapia en vena y ahora quimioterapia oral que consiste en tomar 12 pastillas diarias. Además de ellas tengo que tomar con frecuencia cortisona para poder mantener a raya mi bilirrubina alta, la inflamación de mi hígado (a causa de la metástasis)o a veces para aliviar el dolor cuando los analgésicos no hacen efecto. La dexametasona me pone la cara como un globo, como un bebé de 8 meses muy gordito y tierno. A causa de esto he escuchado muchos tipos de comentarios, desde la recepcionista de oncología de mi hospital preguntándome si había comido mucho estos días o una conocida que no veía hace mucho, insinuándome que porqué me había descuidado tanto de mi aspecto con lo que me gustaba a mí arreglarme y verme guapa.

De verdad tenemos que escuchar esto? En serio? Este tipo de comentarios aparecen por la desinformación, por prejuicios personales o por la idea tan equivocada que se tiene de una paciente oncológica en constante tratamiento. Yo quiero acabar con eso, y creo que entre todos lo podemos lograr, hablando con naturalidad y sin valorar, preguntando amablemente las cosas que queremos entender. Quiero que sean cada vez más personas la que nos brinden su mirada de apoyo y no una mirada de incomprensión o miedo.

Me miro al espejo y yo sonrío, escucho mi voz y yo sonrío. Porque a pesar de que las quimioterapias vayan cambiando mi cuerpo y mi apariencia, veo en mi mirada un brillo especial que solo se apagará el día de mi muerte y ni un día antes porque soy feliz de estar “aquí”, de que la vida me regale momentos felices y llenos de belleza cada día!

Sofía

Vivir, aunque te duela todo

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Me llamo Ana y tengo 48 años. A los 36 años me detectaron un cáncer de mama en estadio 3, que me trataron con quimio y también con una cirugía en la que me quitaron el pecho y 22 ganglios, de los cuales tres o cuatro tenía metástasis. También me dieron radioterapia y luego estuve 5 años con tamoxifeno.

Mis hijos tenían entonces 2 y 4 años. Aunque yo quería tener más hijos, no fue posible. Firme la hipoteca de mi casa con una peluca y unas gafas para que nadie viera cómo estaba y no me negaran la hipoteca.

Después de 8 años pensé que ya estaba bien, pero en la revisión anual cuando tenía 45 años me detectaron metástasis. En esos momentos, no entendía nada, no sabía qué hacer. El cáncer era her2 negativo y la oncóloga me dijo que podríamo cronificarlo durante un tiempo. Yo pregunté cuánto, pero ella me dijo que había varios tratamientos, así que empezamos otra vez con la quimio.

Volví a perder el pelo y la fuerza. Lo pero es pensar que no te puedes curar, la sensación de que vas a dejar a tus hijos solos, a tu marido, a tus padres, la sensación de estar en unas arenas movedizas de las que no puedes escapar.

Han pasado dos años y unos meses; sigo llorando y sigo sin entender. Me duelen los tratamientos, me duele la vida, el no ser la misma persona, no poder trabajar, no poder hablar con los demás como antes,  notar que hay mucha gente que ni te pregunta porque no quiere oír la respuesta… A veces me fastidia el optimismo de los otros, el “no pasa nada”, el “no te preocupes”, el “vive la vida”… Se intenta pero cuando uno está enfermo, cuando te están dando quimio, cuando te duele todo no es tan fácil vivir la vida.

De todas formas tengo momentos maravillosos: abrazo mucho más a mis hijos, me río mucho más y lloro mucho más. Cosas que antes me molestaban, cómo planchar, ahora hasta las disfruto; pienso “estoy haciendo esto por mi Ruth o por mi Miguel” y lo que antes era un rollo se convierte en un canto de amor. También hay cosas que antes no soportaba y ahora me dan igual.

La vida sigue para los demás a otro ritmo que, de algun modo, a mí se me ha frenado. A todos los demás les pasa como un tren de mercancías y yo estoy parada, en una estación donde el futuro es inexistente, pero he aprendido a no soñar en un futuro que no existe para nadie y eso te da una libertad enorme y una paz enorme, nadie sabe qué pasará mañana pero yo sé que hoy estoy aquí y sé llorar como nadie y se reír como nadie y esta es mi pequeña historia.

Cicatrices

Una cicatriz por si sola no dice nada. Hay cicatrices que cuando las vemos nos hacen recordar que son producto de un momento feliz, de un recuerdo de la infancia, por ejemplo, que cuando lo contamos nos reímos y lo volvemos a vivir con agrado. Pero hay otras que llevan tras de sí una historia de vida, de un constante seguir y esas dicen mucho.

De este último tipo son las mías; no diré que las llevo con orgullo, pero sí con dignidad. He llorado cada una, cada una me ha dolido, pero cada una representa un día más en donde todo puede ser mejor, un día más de esperanza, un día más en que me he permitido soñar que todo estará bien.

Estas cicatrices van cambiando con el tiempo, se van atenuando como si se fueran relajando, ya no son de ese color intenso del principio, ya no se ven tan abultadas, van uniéndose a mi piel, haciéndose notar menos, como si estuviesen avergonzadas de estar ahí, de haber destruido un poco ese equilibrio entre lo perfecto y lo imperfecto. Ya no las miro con miedo e incluso la mayoría de las veces olvido que están ahi.

Ellas son las que me avisan cuando el clima va a cambiar, me producen un ligero dolor que al principio me asustaba y me hacía imaginar las peores cosas, los peores pronósticos médicos. Ahora he aprendido que es solo un aviso de que el clima va a cambiar, de que lloverá o incluso caerá una nevada. Tengo cicatrices con historia que miden la temperatura, ¡Y hoy me han dicho que lloverá seguro!

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Soy Maribel y esta es mi historia

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Hola me llamo Maribel, y esta es mi historia. En el mes de julio del 2010, me diagnosticaron cáncer de mama. Tras un duro año que conllevó seis ciclos de quimioterapia y 30 sesiones de radioterapia, el doctor me dijo que estaba curada. No había rastro del cáncer.

La vida se presentaba de nuevo ante mí y me sentía libre para poder cumplir mis sueños. En el año 2014 fui madre de mi princesa Daniela, y me sentía inmensamente feliz .El cáncer, siempre decía, había sido una lección de vida.

Pero en el mes de enero de este año, en una revisión rutinaria y tras repetir unos análisis que salían alterados y practicarme un PET TAC, se confirmó el peor de los diagnósticos: el cáncer volvía a mi vida. En esta ocasión, el tumor ya no se limitaba solo a mi pecho. Hubo celulas que se escaparon a la cirugía de 2010 y resistieron a la quimioterapia. Habían dormido durante todo este tiepo y, siete años más tarde, habían despertado de nuevo como recidiva haciendo metástasis en mis huesos.

Si os cuento que en ese momento ,la tierra se abrió bajo mis pies y caí al más profundo de los abismos, seguramente me creeréis .Sólo recuerdo de ese instante, la fuerza con la que mi marido me cogía de la mano y la mirada de mi hija, de dos años y medio, que no acaba de entender lo que estaba ocurriendo en esa consulta.

Durante los dos días siguientes me dediqué a consolar a mi familia, recordándoles que el médico había dicho que en un uno por ciento mi cáncer tenía cura. Insistiéndoles que yo iba a ser ese uno por ciento. Y me dediqué también a llorar, a gritar, a vaciar mi alma de un inmenso dolor.

Y cuando lloré, grité y clamé al cielo, me levanté. Me levanté para llenar mi alma de fuerza. Para llenar mi alma de amor. Decidí, ese 28 de enero del 2017, seguir caminando. Decidí que el cáncer no me iba a robar mi vida, ni mis momentos de alegría. Y decidí tender mi mano a todo aquél que estuviera sufriendo para demostrarle que a pesar de los pesares, a pesar del cáncer, vale la pena seguir soñando. Vale la pena seguir caminando, en este camino tan bonito llamado VIDA.

Soy Maribel y esta es mi historia.

Muerta en vida

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El 21 de marzo comienza el otoño en mi país (Chile) y, junto con la llegada de esta estación del año, llegó el momento más triste de mi vida. Ese día supe mi diagnóstico: cáncer de mama etapa 4 con metástasis en el hígado y óseas. Al igual que los árboles que, en otoño, pierden sus hojas una a una, pude sentir como cada parte de mi cuerpo iba cayendo hasta sentirme un árbol completamente desnudo y seco.

Para mi el otoño pasó rápidamente y, de un momento a otro, ya se había convertido todo mi cuerpo y mi espíritu en invierno. Nada hacía presumir mi desgracia, sentía que pasaba por mi mejor momento: tenía un excelente trabajo, mi matrimonio era maravilloso y mis hijos estaban sanos. Sentía que me podía comer el mundo, me sentía plena y feliz… y esto ¿Venía a empañarlo todo? ¿Eso sería mi vida? ¿Hasta aquí había llegado todo?

Nunca tuve síntomas, pero los doctores me dijeron que tal vez si los hubo y yo no le preste atención; como estaba al 200%, tal vez no me percate; no lo sé, pero ya era tarde para cuestionarse.

Llegó la primera quimioterapia y pregunté a mi oncologa si me iba a curar. Su respuesta terminó de enterrarme: un tajante NO. Mi esposo se mantuvo firme, apoyándome y haciéndome creer que podíamos cronificar esta enfermedad. Mientras, yo, en mi mente, pensaba que el pobre sólo quería aferrarse a algo, porque ya nada nos quedaba.

Así comencé a vivir cada 21 días, sufrí cuando tuve que decírselo a mis hijos (un niño de 10 y una niña de 4), cuando ellos sólo querían escuchar que yo no me iba a morir y que me iba a curar. Tuve que mentir y decirles que sí, que no me iba a morir, tal vez lo haría algún día pero no en ese momento.

Sufrí también cuando mi apariencia cambio y ya no había sombra de la que alguna vez fui. Estaba calva, sin cejas y sin deseo de que me miraran, pero mi esposo siempre, incluso en esos momentos, tenía una palabra bella para mí.

Ya llevo cinco ciclos de quimioterapia; mis metástasis se han reducido y el tumor de la mamá ya no se observa. Aunque no estoy curada, el tratamiento está haciendo efecto. En este nuevo mundo del que ahora soy parte, encontré este grupo de cáncer metástasico donde me he sentido acompañada y sobre todo esperanzada, al leer las historias de vida de grandes mujeres que comparten mis mismos temores y mis sueños.

Si bien en este tiempo he conocido gente nueva maravillosa, también he podido presenciar, con tristeza, como las amistades van desapareciendo, ya que ahora no les srivo. Pero he aprendido a valorar más a mi familia y los bellos momentos, a atesorarlos en mi corazón.

A veces los hijos….

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Hola mamá:

Supongo que te sorprenderá que te escriba y lo hago en estos momentos porque quiero agradecerte muchas cosas, que no pueden expresarse con un simple gracias.

Cuando pienso en mi infancia, siempre acudes a mi mente inculcándonos la importancia del trabajo, el esfuerzo y el respeto hacia los demás; me enseñaste lo que es el compromiso y la responsabilidad; me diste una educación básica que fue la base de la persona que soy hoy en día. Muchas gracias por transmitirme todos eso valores que me han ayudado a considerarme una buena persona y a construir lo que tengo.

Muchas gracias por estar ahí y consolarme cuando con 15 años me llevé mi primer desengaño amoroso; lo recuerdo como si fuera ayer, hecha un mar de lágrimas volviendo del instituto porque Pablo me había dejado llevando un mes… ¿Te acuerdas? Muchas gracias por haberme dado la confianza y la libertad en mis primeras salidas con amigas. Ahora, desde la perspectiva de madre, ¡Dios! ¡Da vértigo! Por eso lo valoro ahora mucho más.

Sobre todo lo que más valoro y lo que más te debo es haberme educado en la igualdad y en no considerarme nunca inferior a un hombre, gracias a lo que me he sentido siempre muy segura en ese tema.

Muchas gracias por inculcarme el placer de la lectura y por haber sembrado en mí, con nuestros viajes familiares, la curiosidad por conocer sitios nuevos y aprender otras culturas. Sé el esfuerzo que eso representó en su día.

He intentado siempre seguir tu gran ejemplo como una mujer brillante, muy inteligente, moderna, divertida y sobre todo, muy luchadora. Pocas veces me he sentido en mi vida tan orgullosa de alguien como me sentí de ti el día que acabaste el curso de práctica jurídica y empezabas tu dura pero apasionante mundo de la abogacía.

Supiste gracias a tu buen hacer y a tu implicación crearte una buena fama y hacerte hueco entre los profesionales.

También recuerdo como un momento muy especial el día que te dí la noticia de que me habían aceptado en la universidad y pude ver reflejado, en tu cara y tu llanto, el sentimiento de orgullo.

Gracias por apoyarme siempre en el instituto, tanto cuando sacaba buenas notas, como cuando se me atascaron las matemáticas, que era casi siempre.

Y, aunque costó un poco, quiero agradecerte, ante todo, que con el tiempo hayas sabido aceptar a Oscar como la persona que quería tener a mi lado; y haber aprendido a apreciarle realmente. Estar contigo en la boda, sintiéndote feliz por mí, hizo de ese 26 de mayo de 2007 un gran día.

Muchas gracias por felicitarme siempre por mi aniversario, ya que ese detalle me hace muy feliz.

Quiero también darte la gracias por haberme hecho el mejor regalo que me hayan hecho nunca, que fue las navidades que me regalaste una foto de las dos juntas enmarcada. Esa foto llegó en un momento crucial y es muy especial para mí: la tendré siempre en la mesita de noche, cerca, como velando por mí por las noches.

Gracias por los momentos que has cuidado de Arancha y Eduardo, por quererlos, por “malcriarlos”, por los regalos que les hacer, por “consentirles”, por tolerar sus ratos malos, por ESTAR, simplemente.

Por último, y creo que no se me olvida nada (si no habrá segunda parte, jejeje), quiero agradecerte que me dejes entrar en tu vida, que me hagas partícipe de ella, que me cuentes lo bueno y lo malo, que me dejes acompañarte en este duro camino que nos toca recorrer ahora.

Has sido siempre el motor de mi vida y te quiero muchísimo.

Un abrazo enorme.

Ana.

Carta recibida por Dora, de su hija Ana, ilustrada con la foto a la que hace referencia el texto.