Después de…

Después de todos estos años, el día llegó. Ese día que tantas veces imaginé, en el que tantas energías invertí. Llegó. Imparable.

No sabía si era cierto. Supongo que tantos años en la cuerda floja te anestesia. Pero algo en mí se movió cuando entré a verla. Algo ocurría en su rostro: “Esa mueca es nueva”, pensé. Y no me equivocaba. En su caso, era la señal de que su tiempo estaba llegando al final. Pudimos despedirnos. Y sin miedo diré que fue maravilloso: una muerte digna, llena de amor. Un amor tan infinito y puro que te llena el alma cuando lo sientes. Y ahora que no está, esa sensación se hace todavía más inmensa.

Pensé que después de ese trance todo se calmaría; como si lo más difícil ya hubiera pasado. Pero la realidad fue otra: “Te sentirás vacía”, “Te toca ser fuerte”, “Tienes que obligarte a salir”. Menuda oleada de titulares. No es suficiente con lo que ya tienes sino que, además, tienes que cumplir con las expectativas que la sociedad te marca. Y si se le contradice, la que tienes un problema eres tú: “La muerte de su madre le ha afectado demasiado”.

No, querida sociedad. No quieras tapar la realidad. Que no te dé miedo la pena y el dolor. Está bien tocar fondo si es necesario. Ambos son esenciales para liberar el cuerpo y la mente. Sin ellos viviríamos en nuestra propia cárcel ¿no crees? Y eso sí que no sería vivir.
Tampoco me exijas que sea fuerte. ¿Acaso no serlo me perjudica? Esos términos no son válidos aquí. Lo que importa, lo que sí existe, es la individualidad; no quieras que todos reaccionemos de la misma manera. No establezcas lo que tengo que sentir. Deja que me sienta desorientada, desubicada, perdida para que después me pueda volver a encontrar. Se necesita tiempo y espacio ya que experimentar una pérdida así, te convierte en una persona distinta con una idea de la vida que no todos saben ver.
Aunque te pueda resultar extraño, tampoco me siento vacía. Mi alma está llena de paz. Me siento protegida porque puedo ver a mi madre en toda la belleza que me rodea. En todo lo hermoso… allí está ella. Y no, no se me desgarra el alma por no tenerla a mi lado, aunque tú no lo entiendas. Pero deja que lo sienta así y no lo juzgues. No ME juzgues.

Porque, después de todo, cada uno tiene que vivir acorde a sus sentimientos y vivencias. Sin compararse sino respetándose (tanto a uno mismo como a los demás). Curiosamente, ese mensaje es el que mi madre nos ha ido transmitiendo lo largo de su vida pero que, para mí, ha estado oculto hasta el día de hoy. Ahora, por fin, lo he comprendido.

Aunque no estén con nosotros, nos seguirán enseñando grandes verdades de la vida.

Por eso, solo puedo decirte: GRACIAS, mamá.

Patricia Rivas