Prohibido rendirse

Hay momentos en que estos tratamientos nos dejan física y mentalmente agotadas. Hay situaciones en las que queremos encerrarnos en nuestro caparazón y desconectar del mundo. Hay momentos de mucha soledad y de tristeza, de miedo y de enojo.

Esos momentos son válidos y yo diría que hasta necesarios, pero deben durar el tiempo justo para coger fuerza y entonces seguir. Seguir en el camino que tenemos, que no es el más fácil pero es el que nos ha tocado.

Seguir, pero mirando siempre al frente para no perder nuestro objetivo.

Seguir y no olvidar que todo es posible, y como todo es posible, no podemos detenernos mucho sintiéndonos mal, y perdiéndonos los momentos que sí dan sentido a la vida.

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Fármacos para el cáncer: amor & odio

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Quizás suene un poco absurdo, pero yo he sido una persona muy sana hasta los 34 años, cuando me diagnosticaron el cáncer de mama. Antes de eso no iba al médico ni a controles ginecólogicos. Yo era de las de ir a trabajar con fiebre y no tomaba ni una aspirina, a menos que fuera muy necesario. Los hospitales me ponían mala y ver sangre me provocaba mareo.

Con la enfermedad todo cambió. Empecé a tener montones de citas médicas, pinchazos para muestras de sangre a tutiplén, visitas al quirófano y por supuesto medicamentos que tenía que tomar no un día ni una semana sino años y, ahora, de por vida.

El Ibandronate, que forma parte del grupo de fármacos denominadas bisfosfonatos, es nuevo para mí. Me ayuda a regenerar los huesos. Eso suena muy bien pero es mejor no saber o no pensar demasiado en sus efectos secundarios, los que espero nunca tenga. No me gusta nada y solo deseo que se termine el año y poder decirle adiós.

En cambio el Tamoxifeno, un tratamiento hormonal que bloquea la acción del estrógeno en las células de las mamas y puede ayudar a detener el cáncer en caso de que este sea sensible a esta hormona, es mi viejo amigo. Tengo una relación amor-odio con él. Me ha provocado sofocos, problemas de endometrio y calambres en las piernas, pero mantiene mis metas a raya y me alarga la vida. Gracias a que funciona bien en mi cuerpo, no necesito quimio así que, aunque tengamos una relación tóxica, espero que sea por mucho tiempo.

Cicatrices

Una cicatriz por si sola no dice nada. Hay cicatrices que cuando las vemos nos hacen recordar que son producto de un momento feliz, de un recuerdo de la infancia, por ejemplo, que cuando lo contamos nos reímos y lo volvemos a vivir con agrado. Pero hay otras que llevan tras de sí una historia de vida, de un constante seguir y esas dicen mucho.

De este último tipo son las mías; no diré que las llevo con orgullo, pero sí con dignidad. He llorado cada una, cada una me ha dolido, pero cada una representa un día más en donde todo puede ser mejor, un día más de esperanza, un día más en que me he permitido soñar que todo estará bien.

Estas cicatrices van cambiando con el tiempo, se van atenuando como si se fueran relajando, ya no son de ese color intenso del principio, ya no se ven tan abultadas, van uniéndose a mi piel, haciéndose notar menos, como si estuviesen avergonzadas de estar ahí, de haber destruido un poco ese equilibrio entre lo perfecto y lo imperfecto. Ya no las miro con miedo e incluso la mayoría de las veces olvido que están ahi.

Ellas son las que me avisan cuando el clima va a cambiar, me producen un ligero dolor que al principio me asustaba y me hacía imaginar las peores cosas, los peores pronósticos médicos. Ahora he aprendido que es solo un aviso de que el clima va a cambiar, de que lloverá o incluso caerá una nevada. Tengo cicatrices con historia que miden la temperatura, ¡Y hoy me han dicho que lloverá seguro!

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Mirando atrás

A veces siento que me hace falta algo, echo de menos mi antigua vida, ese ritmo que tenían las cosas, incluso el estrés que tenÍa al llevar una casa, trabajar y ser madre. Ese estar ocupada todo el día  alguna vez lo echo en falta.

Ahora el estrés es por otras cosas y el ritmo con que hago o planeo hacerlas es otro, todo va cambiando y hay que ir aceptándolo. Pero en algunos momentos es inevitable mirar un poco hacia atrás con cierta nostalgia, buscando lo que tuve que dejar en el camino, no por convicción sino porque no había más opción que empezar a vivir día a día de una nueva forma.

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Mi momento negativo

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Me considero una persona positiva, positiva y realista a la vez. Cuando me diagnosticaron me llené de miedo, toda la información que encontré era desalentadora. Después, poco a poco, me fui centrando en el camino y viendo las cosas ni muy rosas ni muy negras, sino en su justa medida, entendiendo que la vida tiene matices. La mayoría de mis días son buenos, trato de hacerme momentos felices, de hacer cosas que me causen placer y alegría, hacer de una tontería algo que me llene de vida. Pero también tengo momentos en que me vengo a bajo, en que quisiera hacer rabietas y decir que todo es malo y que hasta lo más bonito es feo. A veces intento hablar con alguien, exteriorizar mis sentimientos, ¿no dicen que eso es bueno? Pero me doy cuenta que la mayoría de la gente no quiere escuchar nada que sea negativo, nada que les contamine su burbuja de felicidad aparente, enseguida te cortan el rollo, a veces no terminas la frase cuando ya están diciéndote que todo irá genial y que pienses positivo que la mente es muy poderosa y cosas de ese tipo, que en lo único que me hacen pensar es porqué se me ocurrió expresar mis sentimientos! Parece que si no eres súper positiva invocas al espiritu del cáncer y se apodera de ti, y que por eso no hay que pensar negativo, que hay que auyentar esos malos pensamientos que provocan cáncer, hacernos miembros de algún club de personas optimistas (porque a ellas no les da cáncer) y reprimir nuestra negatividad, aunque esta sea expontanea y bastante válida…Pues que levante la mano quién nunca se ha permitido un momento de negatividad! @heiheise

El cáncer y sus lecciones

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Con esta enfermedad se aprenden muchas cosas, entre ellas a darnos cuenta a quién realmente le importamos.

Muchas personas se alejan, otras fingen estar y algunas están sin realmente estar. Algunas veces en ese punto es cuando valoramos a nuestra familia y formamos un lazo más fuerte con esas personas que verdaderamente se quedan y nos aman.

Siempre se dice que hay que sumar y no restar pero en este caso es mejor restar, pasar de los que no quieren estar, de los que no saben escuchar, de los que no tienen capacidad de dar. Yo voy restando y en lugar de sentirme mal me siento cada vez mejor, más libre, más yo!

@heiheise @mamaconmetas