Aceptar la enfermedad de un familiar

ACEPTAR… qué palabra tan comprometedora. ¿De verdad he podido aceptar el cáncer de mi madre? Y si no es así ¿quiere decir que hay un problema en mí que tengo que resolver? ¡Cuántas dudas! ¡Qué complicado! La gente te aconseja y te dice tantas cosas que una misma pierde la noción de sus propios sentimientos. ¿No os pasa?

Si pongo un poco de orden en este caos interior, veo que estoy dividida. Por una parte puedo decir firmemente que sí, claro que sí. Sé que está enferma, sé que tiene cáncer y sé cómo de comprometedor está su futuro. Pero, por otra, lo que no puedo aceptar (¡y no pasa nada por decirlo!) es el sufrimiento que le provoca la enfermedad. Ver que empeora, que está con dolor, es lo que llevo peor. Creo que ahí es cuando entra en juego una palabra que tiene un poco de mala fama: la resignación. Pero ojo, aclaremos una cosa. Esta resignación es diferente cuando se trata del cáncer. No estoy resignada porque me haya dado por vencida o porque no haya fuerzas para seguir. La resignación de la que hablo actúa como un cristal que rodea a mi madre que me impide intervenir para poder solucionar lo que le ocurre. Por mucho que lo intente, por muchas veces que me dé contra él, no se rompe y de ello obtengo el aprendizaje de tener que asumir que nadie tenemos el control de la situación; que la vida tiene que seguir su curso.

Pero cuando crees que todo el desorden ya está organizado y piensas que sí, que lo has aceptado, entran en juego los pensamientos que hacen tambalear todo ese esquema emocional, como en el inicio de este escrito. La mente es la gran protagonista, la manipuladora número uno. Cuando eres consciente del presente (tanto que te dices a ti misma: “¡lo estoy consiguiendo, qué maravilla!”), sin previo aviso tus pensamientos viajan al pasado para recordarte cómo era ella y, de esa manera, encogerte el corazón de alegría, pena, rabia y nostalgia. Y como consigue desajustarte todo tu cuerpo con esa multitud de sensaciones, se imagina el futuro (¡por si fuera poco!) con todo tipo de escenas que no siempre son… agradables.

Por todo ello puedo decir que la aceptación no es nada fácil, pero tampoco es imposible. Desde aquí decirte que si aún no has podido asimilar las circunstancias no te preocupes. Tampoco te justifiques y mucho menos te disculpes por ello. Cada persona tiene su propia historia, su propio ritmo, su propia personalidad y su propia forma de enfrentarse a las cosas por lo que las comparaciones han de quedarse a un lado. Procura no juzgar tus emociones y déjalas fluir. Ese es el truco de la vida: no aferrarse a nada ni nadie porque llegado el momento sólo nos llevaremos las experiencias vividas (tanto las buenas como menos buenas). Confía. Todo pasará antes o después. Mientras tanto sigamos a su lado dándoles todo nuestro amor. Eso es lo verdaderamente importante.

ACEPTAR… qué palabra tan comprometedora. ¿De verdad he podido aceptar el cáncer de mi madre? Y si no es así ¿quiere decir que hay un problema en mí que tengo que resolver? ¡Cuántas dudas! ¡Qué complicado! La gente te aconseja y te dice tantas cosas que una misma pierde la noción de sus propios sentimientos. ¿No os pasa?

Si pongo un poco de orden en este caos interior, veo que estoy dividida. Por una parte puedo decir firmemente que sí, claro que sí. Sé que está enferma, sé que tiene cáncer y sé cómo de comprometedor está su futuro. Pero, por otra, lo que no puedo aceptar (¡y no pasa nada por decirlo!) es el sufrimiento que le provoca la enfermedad. Ver que empeora, que está con dolor, es lo que llevo peor. Creo que ahí es cuando entra en juego una palabra que tiene un poco de mala fama: la resignación. Pero ojo, aclaremos una cosa. Esta resignación es diferente cuando se trata del cáncer. No estoy resignada porque me haya dado por vencida o porque no haya fuerzas para seguir. La resignación de la que hablo actúa como un cristal que rodea a mi madre que me impide intervenir para poder solucionar lo que le ocurre. Por mucho que lo intente, por muchas veces que me dé contra él, no se rompe y de ello obtengo el aprendizaje de tener que asumir que nadie tenemos el control de la situación; que la vida tiene que seguir su curso.

Pero cuando crees que todo el desorden ya está organizado y piensas que sí, que lo has aceptado, entran en juego los pensamientos que hacen tambalear todo ese esquema emocional, como en el inicio de este escrito. La mente es la gran protagonista, la manipuladora número uno. Cuando eres consciente del presente (tanto que te dices a ti misma: “¡lo estoy consiguiendo, qué maravilla!”), sin previo aviso tus pensamientos viajan al pasado para recordarte cómo era ella y, de esa manera, encogerte el corazón de alegría, pena, rabia y nostalgia. Y como consigue desajustarte todo tu cuerpo con esa multitud de sensaciones, se imagina el futuro (¡por si fuera poco!) con todo tipo de escenas que no siempre son… agradables.

Por todo ello puedo decir que la aceptación no es nada fácil, pero tampoco es imposible. Desde aquí decirte que si aún no has podido asimilar las circunstancias no te preocupes. Tampoco te justifiques y mucho menos te disculpes por ello. Cada persona tiene su propia historia, su propio ritmo, su propia personalidad y su propia forma de enfrentarse a las cosas por lo que las comparaciones han de quedarse a un lado. Procura no juzgar tus emociones y déjalas fluir. Ese es el truco de la vida: no aferrarse a nada ni nadie porque llegado el momento sólo nos llevaremos las experiencias vividas (tanto las buenas como las menos buenas). Confía. Todo pasará antes o después. Mientras tanto sigamos a su lado dándoles todo nuestro amor. Eso es lo verdaderamente importante.

Patricia Rivas

Mujer-con-la-mano-sobre-los-ojos

Publicado por

cmmetastasico

Asociación Cáncer de Mama Metastásico trabaja para una mayor visibilidad y concienciación del estadio IV del cáncer de mama. Luchamos para más investigación de las metástasis.

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